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¿Cuándo nace la semilla de El lloc sagrat? ¿Recuerdas el momento o la experiencia que te hizo sentir que este libro debía existir?

Cuando escribes dos, tres e incluso cuatro columnas a la semana, siempre te ronda la idea de escribir algo con más tiempo y más profundidad. Sabía que quería hacerlo y había recibido alguna oferta editorial para sacarlo adelante. Pero si tenía que ser un texto relacionado con mi experiencia de Dios y de la fe, no podía hacerlo de cualquier manera. Fui pensando, casi de manera inconsciente, una estructura que me permitiera ordenar las cuestiones que quería abordar entremezcladas con mi vivencia personal. La idea de la geografía de lugares la concebí en un trayecto en tren hacia Barcelona, como si el movimiento del convoy inspirara el movimiento y el camino que materializa El lloc sagrat. Los lugares que construyen el libro aterrizan la mística y, al mismo tiempo, unen el cielo y las raíces.

¿Hubo momentos de duda o fragilidad durante la escritura? ¿Cómo los atravesaste y qué te ayudó a continuar? ¿Qué te ha revelado la escritura sobre ti que no supieras antes?

Los hubo, sobre todo antes de empezar a escribir. Escribir columnas forma parte de mi rutina y cuenta con ese vector descompresor que da la sensación de que una columna borra la anterior: que el texto de las columnas es algo menos permanente. Me costó mucho ponerme a escribir el libro, igual que me costó escribir mi primera columna: la sensación de que aquello quedará petrificado para siempre es paralizante.

Además, los libros en los que se ofrece un testimonio de fe en primera persona hacen sentirse especialmente vulnerable, por la presión de encontrar las palabras adecuadas para aquello que para ti es un tesoro y porque, efectivamente, estás ofreciendo tu tesoro al lector. Normalmente, cuando hay duda hay que dejar reposar para encontrar respuestas, más que intentar hallarlas en el propio texto. Y eso es lo que hice: dejar reposar el texto un tiempo para volver a tomarlo con ilusión y seguridad.

El lloc sagrat me ha ayudado a comprender que el valor del libro que quería hacer, más que en su perfección literaria, su novedad o su estilo minucioso, reside en la capacidad que pueda tener de ayudar al lector. De encontrarse en él, de verse representado e incluso de sentirse menos solo. A menudo, el gesto de ponernos a escribir nos hace preguntarnos para qué escribimos. Y entender para qué escribimos muchas veces también es entender para qué vivimos.

¿Cuál ha sido el mayor reto a la hora de poner palabras a experiencias que, por definición, son íntimas o espirituales?

Decidir dónde trazar la línea. Es decir: distinguir lo personal que es necesario explicar para llegar a la experiencia universal de la fe de aquello que no lo es. De todos modos, cuando hablamos de espiritualidad usamos el terreno común de las palabras para comunicarnos, pero hay una parte de la espiritualidad que no atraviesa ese filtro y que es para siempre únicamente nuestra. Y de Dios, claro.

¿Hay algún capítulo que te haya costado especialmente escribir? ¿Por qué?

Sí, el de la Catedral de Solsona. En un mundo en el que todo parece relativo y opinable, no quería dejar pasar la oportunidad de hablar del pecado. Es un capítulo en el que el ritmo del texto es mucho más entrecortado que en los demás. También sabía que es el capítulo con el que menos comulgaría el lector que hasta ahora se ha construido una espiritualidad desprendida de la necesidad de examinarse a uno mismo o de asumir la culpa, y eso me hizo escribir con menos seguridad.

¿Qué criterio seguiste para elegir los lugares que aparecen en el libro? ¿Quedó alguno fuera?

En aquel momento no quedó ninguno fuera: son los primeros en los que pensé cuando me vino la idea del libro. Si preguntara así de entrada a cualquiera que esté leyendo esta entrevista, seguramente escogería primero unos diez y quizá después querría modificarlos, pero los primeros serían los elegidos.

No quedó ninguno fuera, pero desde que escribí el libro me he acostumbrado, sobre todo a través del espacio que me ofrecen en Catalunya Religió, a escribir una especie de crónicas espirituales de las visitas a los lugares sagrados que recorro. Hoy añadiría muchísimos más. Visitar determinados lugares con la perspectiva de escribir sobre ellos, ir reflexionando mientras estoy allí qué diría y cómo me siento, para mí es oración.

¿Qué tienen los espacios físicos que los convierte en experiencias espirituales? ¿Es el lugar en sí o lo que proyectamos en él?

Es una mezcla de ambas cosas. Es evidente que en Montserrat está la Mare de Déu de Montserrat. Está sin necesidad de que yo proyecte nada, y la presencia de la talla, por sí sola, ya me conduce a la introspección y a la oración. Además, está en un lugar geográfico concreto, rodeada de un paisaje que por sí solo ya provoca arrebato.

Ahora bien, la Virgen y la montaña están revestidas de una serie de significados individuales y colectivos que las llevan más allá del símbolo religioso, aunque para mí el símbolo religioso permanezca intacto.

En el caso de El lloc sagrat, es cierto que algunos de los lugares que aparecen ya eran pilares espirituales para mí antes de escribir el libro y otros, en cambio, he comprendido su importancia a medida que lo escribía. No era consciente de que todos ellos serían tan decisivos en mi mapa de oración como han acabado siendo.

¿Crees que todo el mundo tiene un “lugar sagrado”, aunque no sea religioso?

Creo que todo el mundo lleva dentro una curiosidad, una inclinación hacia lo sagrado que puede conducirle a iniciar una búsqueda que culmine en lo religioso. En mi caso, esa pulsión la asocio a la configuración del alma humana, que como un imán busca acercarse a Dios. Dejarse llevar por esa inclinación, o poner los medios para perseguirla, nos acerca a los inmutables de la vida. O al Inmutable, más bien.

Es posible que esta experiencia de lo sagrado se dé en lugares no sacralizados, en personas que no creen o no saben relacionarse con Dios.

¿Cómo cambia un mismo lugar según el momento vital en que lo visitas?

El lugar cambia en la medida en que yo he cambiado. Soy yo, por tanto, quien cambia. Algunos de los lugares que aparecen en El lloc sagrat los he visitado en otras ocasiones y me han ayudado a descubrir cosas nuevas sobre mí misma, o sobre la versión de mí que lo visitó por última vez. Pero supongo que esa es la virtud de este tipo de lugares: nos hacen mirar hacia dentro.

¿Qué hay de universal en una experiencia tan personal?

Dios. Los lugares que aparecen en el libro y el propio libro son el artefacto que he construido para exponer que, en medio del cambio, de la vida y del mapa, está Dios. Y eso sirve para la vida de cualquier persona.

¿Qué te gustaría que sucediera dentro del lector después de cerrar el libro?

Me gustaría que pensara en su propio mapa. Que pudiera hacer una retrospectiva de su vida de fe y que se sintiera agradecido de estar donde está, porque ojalá mirar atrás le sirva para ver que la semilla —una semilla que quizá años atrás no veía o no percibía— ha dado mucho fruto. Ojalá El lloc sagrat sirva para que los lectores puedan mirar el transcurso de su vida interior con perspectiva y se sientan agradecidos.

En un momento en que se habla mucho de espiritualidad, pero a menudo al margen de la religión, ¿dónde situarías tu libro?

Mi libro es un libro abiertamente católico y en catalán. Me parece esperanzador que una parte de la sociedad empiece a darse cuenta de que el ser humano es un ser espiritual y que vivir al margen de su condición espiritual le niega una parte del conocimiento sobre sí mismo. Pero mi espiritualidad no es una espiritualidad en abstracto: es la del Hijo de Dios en pañales, en un pesebre, entre un buey y una mula. Es la del Cristo de los Evangelios, acompañado de sus amigos, enseñando pacientemente cuál es la voluntad del Padre. Es la del Hombre que carga una cruz de madera sobre su espalda por Amor a todos nosotros y que, mientras la carga y huele la madera, quizá piensa en José trabajando la madera. Mi espiritualidad es la del Cristo resucitado, la del dolor, la alegría y la esperanza. La del Credo.

¿Cómo dialoga tu experiencia de fe con el contexto cultural catalán actual?

Depende mucho de con quién dialogue. Durante muchos años, por circunstancias históricas y por el poso del nacional catolicismo, ha sido una cuestión estigmatizada. Me atrevería a decir que en las tres o cuatro últimas décadas, cualquier católico catalán que no se haya escondido ha vivido situaciones de desprecio en su vida personal. Incluso en su vida laboral.

Ahora parece que el rédito de las consignas de los setenta y ochenta que rechazaban frontalmente lo religioso se ha agotado, y que hay sectores más abiertos a tratar el catolicismo con una sensibilidad renovada. Aun así, todavía tenemos que lidiar con muchos prejuicios y todavía se nos pide que nos justifiquemos.

La verdad es que en mi generación siempre he encontrado gente dispuesta a escuchar e incluso personas curiosas que han acabado regresando a la fe que sus padres abandonaron. El contexto cultural catalán actual, en líneas generales, no sabe cómo tratar este fenómeno, o no es consciente de que existe y existirá, y no sabe abordarlo más allá de las consignas heredadas de los setenta y ochenta. Si quieren asomarse, sin embargo, tienen El lloc sagrat para entender por dónde van las cosas.

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