Marc Marginedas Izquierdo (Barcelona, 1967) es corresponsal de guerra. En 2013 fue secuestrado en Siria por Estado Islámico, que lo mantuvo cautivo durante seis meses. Marginedas compartió cautiverio —entre otros corresponsales— con el fotoperiodista Jim Foley, que fue ejecutado por sus captores en un vídeo difundido públicamente en agosto de 2014.
Ahora, Albada Editorial publica American Mother, la historia de Diane Foley —la madre de Jim— por primera vez en catalán. El libro narra la voluntad de perdón y la búsqueda de fortaleza para sobreponerse al odio de Diane, e incluye un prólogo de Marc Marginedas. Tras haber sobrevivido al secuestro y haber conocido tanto a Jim como a Diane, el periodista catalán también ha tenido que recorrer su propio camino de perdón y reconciliación para liberarse de la prisión del resentimiento.
Albada Editorial publica American Mother por primera vez en catalán. ¿Por qué sigue siendo actual la historia de Jim y Diane Foley?
La historia sigue siendo plenamente actual porque habla del oficio de corresponsal de guerra. Con la cantidad de conflictos que hay en el mundo, como la guerra de Ucrania o la de Gaza, la labor del periodista es constantemente cuestionada y atacada, y los profesionales de la información son víctimas de la violencia ejercida por las distintas partes implicadas. Es importante hablar de la seguridad de este colectivo, sobre todo porque el trabajo de un corresponsal de guerra es trascendental: es quien da voz a la realidad interna del conflicto. La presencia de corresponsales garantiza cierto grado de fiscalización de las partes; que los bandos de un conflicto armado sepan que están siendo observados por el mundo condiciona su comportamiento. Hablamos de la historia de Jim, pero hoy hay muchos periodistas haciendo el mismo trabajo que él en distintos lugares del mundo.
Tanto Jim Foley como usted eran corresponsales de guerra. ¿Qué virtudes y qué defectos diría que definen a quienes deciden dedicar su vida a contar las guerras desde el lugar donde suceden?
Diría que hay dos rasgos fundamentales. El primero es una enorme curiosidad por el mundo. El segundo, un profundo compromiso con la paz y los derechos humanos. Se trata, sobre todo, de dar voz a quienes no la tienen. A diferencia de otras profesiones, la nuestra no es un trabajo de nueve a cinco: cuando eliges esta profesión, también eliges una forma de vivir.
En cuanto a los defectos, diría que los corresponsales de guerra tendemos al aventurerismo y nos gusta proyectarnos, y esas son características personales que tarde o temprano uno tiene que aprender a limar, porque lo importante del trabajo no es vivir aventuras, ni la adrenalina, ni ocupar portadas. Nuestro trabajo es un servicio a la sociedad y esa debe ser siempre nuestra prioridad: dar poder a quienes no lo tienen.
Compartieron el secuestro. ¿Qué recuerda de Jim?
Jim era una persona profundamente bondadosa, capaz de generar consenso entre todo el grupo. Éramos veinte personas y, a veces, surgían desacuerdos, pero él siempre velaba por el bienestar de todos. Lo recuerdo como alguien divertido, que de vez en cuando hacía alguna travesura, aunque también tenía una elegancia natural, incluso en aquellas circunstancias. Recuerdo que hablaba español con bastante soltura porque había pasado un semestre en España.
En American Mother acompañamos a Diane Foley en un auténtico peregrinaje interior de perdón. ¿Usted ha podido perdonar a sus captores? ¿Ha podido perdonar a quienes asesinaron a Jim?
Sí, creo que sí, porque ya no me mueve el rencor. Asistí al juicio de dos de nuestros secuestradores y ver que la justicia había hecho su trabajo y que esas personas habían respondido por sus actos me dio consuelo. A diferencia de otros rehenes, nunca he sentido una necesidad especial de reunirme con mis captores ni de hablar con ellos. A pesar de todo lo ocurrido y de que hayan sido juzgados, no tengo la sensación de que exista un verdadero arrepentimiento por su parte.
A mí me interesa, sobre todo, señalar a todos aquellos Estados, instituciones, organizaciones y estructuras que alimentaron y permitieron el crecimiento de Estado Islámico hasta convertirlo en lo que llegó a ser, para que asuman la responsabilidad de la violencia que desencadenaron. Considero que esa es mi labor.
¿Cómo cambia la mirada sobre la vida después de haber sido secuestrado?
En mi caso, sobre todo me ayudó a comprender que existen circunstancias que nos superan y escapan completamente a nuestro control, y que en esos momentos lo único que podemos hacer es ponernos en manos de Dios e intentar descubrir cuál es su voluntad para encontrar un sentido a lo que estamos viviendo.
Creo que el secuestro reforzó mi fe. Recé mucho y comprobé que, mediante la oración, uno puede llegar a un estado de aceptación. Haber pasado por esa experiencia también me ha dado más fuerza para continuar con mi trabajo y desenmascarar a quienes apoyaron a Estado Islámico, con el fin de evitar que un secuestro masivo de corresponsales como el que tuvo lugar en Siria entre 2013 y 2014 vuelva a repetirse.
¿Perdonar y ser perdonado es una necesidad inseparable del ser humano?
El perdón es fundamental. No ser capaz de perdonar y dejarse arrastrar por el resentimiento hace que la vida sea muy difícil de sobrellevar. Y quien carga con ese peso eres tú, nadie más. El odio y el rencor afectan, sobre todo, a quien los lleva dentro y los padece.
Saber que uno no es perfecto y que todos hemos cometido muchos errores y faltas que nos han sido perdonados también ayuda a ser más indulgentes con los demás. En la vida, as you give, you receive.
En el libro, Diane Foley también explica que, durante el secuestro de Jim, se sintió abandonada por el Gobierno de Estados Unidos, algo que agravó todavía más su dolor. ¿Cómo se puede acompañar a alguien que siente que quienes debían protegerle le han fallado?
Es muy difícil acompañar a alguien en una situación así, sobre todo cuando tú has sobrevivido y mantienes el contacto con los familiares de compañeros que fueron asesinados. Hablar con la familia de Steven Sotloff, que era mi mejor amigo durante el cautiverio, fue muy duro. Necesité mucho tiempo porque pensaba que cualquier cosa que pudiera decirles tras el asesinato de su hijo solo serviría para aumentar su dolor.
Es importante contribuir a mantener viva la memoria de quien murió; por eso escribí el prólogo de American Mother. También es importante que se haga justicia. El secuestro fue ejecutado por unas personas concretas, pero también fue organizado e impulsado por otras, por países y gobiernos. Es necesario seguir sacando todo eso a la luz.
¿Qué condiciones deben darse para que alguien pueda perdonar a quienes le han causado tanto dolor?
La condición más importante es dejarse llevar por las manos de Dios, porque, humanamente, resulta muy difícil perdonar cuando se ha sufrido un dolor tan intenso. En cualquier caso, creo que el perdón es una virtud sobrenatural, porque no es natural que una madre perdone al asesino de su hijo en unas circunstancias como estas. Hace falta una gracia sobrenatural para alcanzar el estado espiritual y emocional de Diane.
¿Cuáles son las consecuencias de vivir con resentimiento?
Me parece que muchas de las guerras actuales son precisamente consecuencia de un resentimiento no resuelto. Un periodista me dijo una vez que los conflictos en Oriente Próximo hunden sus raíces en eso: en que todas las partes se aferran a su resentimiento y son incapaces de salir de él. La única manera de romper ese círculo, que siempre encuentra una justificación para perpetuarse, es perdonar y reparar.
¿Con qué se queda del testimonio de Diane Foley?
Me quedo, precisamente, con su ejemplo de fe y de perdón. Nunca se dejó arrastrar por el rencor hacia Barack Obama. Incluso cuando se anunció la muerte de su hijo, siguió trabajando para salvar la vida de los demás rehenes que seguían amenazados de muerte. Su testimonio es un ejemplo de servicio a los demás incluso en las circunstancias más extremas.
¿Hay esperanza después de haber conocido de primera mano el peor rostro de la humanidad?
Sí, hay esperanza porque existen personas como Diane Foley, capaces de romper los ciclos de violencia y perdonar. Vivimos en una sociedad profundamente polarizada, en la que parece que ya ni siquiera somos capaces del gesto más pequeño de empatía. Nuestra condición de hijos de Dios y la dignidad humana que de ella se deriva deben estar por encima de cualquier otra consideración, tal como demuestra Diane con su vida.





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