Javier Alonso (Barcelona, 1977) es formador en habilidades interpersonales y comunicación, con más de doce años de experiencia acompañando líderes y equipos empresariales en su desarrollo profesional. Trabajó durante seis años en Google y YouTube en sus inicios en España, y ha vivido en Europa, Asia y América, donde ha ejercido trabajos muy diversos que le han aportado una riqueza profunda en términos personales y humanos. Está casado y es padre de cuatro hijos. Ahora publica el libro Más allá del laberinto con Albada Editorial, su testimonio sobre cómo consiguió liberarse de la pornografía.
La primera pregunta, y la más importante: ¿por qué escribir Más allá del laberinto?
Hacía dos años que impartía charlas sobre este tema en escuelas y foros. Desde el primer momento vi como tocaba el corazón de muchas personas que, en silencio, vivían situaciones parecidas: jóvenes que quieren dejarlo, chicas que no acaban de entender por qué sus parejas consumen pornografía, madres preocupadas por sus hijos…
Me sorprendía mucho —y todavía me sorprende— que se hable tan poco de un fenómeno tan extendido entre la población.
Después de una charla en mayo de 2024, quedé muy insatisfecho con cómo había explicado mi historia y pensé: «Lo escribiré todo para ordenar ideas». Quería poner toda la historia por escrito para que quedara muy clara, antes que nada, para mí mismo. Cada vez que impartía una charla me daba cuenta que solo explicaba una parte del relato: a veces desde un ángulo más emocional, otros más científico, otros más espiritual…
Escribirlo todo me permitió integrar todos los ángulos de la historia. Y así, casi sin darme cuenta, el libro surgió muy rápidamente. Cuando lo acabé, sentí la llamada de tomármelo seriamente para que se publicara y poder así llegar con mi historia a muchas personas a quienes, hasta entonces, no había podido llegar.
Y una segunda pregunta que quienes consumen pornografía seguramente se hacen: ¿te da vergüenza exponerte de este modo y romper el silencio?
El doctor Miguel Ángel Martínez-González, conocido epidemiólogo, considera la pornografía como una pandemia. Las cifras no engañan: más del 80% de los hombres consumen. En este contexto, no me da vergüenza decir que fui consumidor de pornografía. Lo que me da más pudor es explicar cómo me sentía mientras la consumía.
En cualquier caso, esta historia la he elevado y transformado en misión. Desde este lugar, la vergüenza ya no pesa. Nadie tendría que perderse este mensaje de esperanza y redención. Compartiéndolo se puede multiplicar.
El laberinto es especialmente complicado porque la pornografía es una adicción que se vive en silencio.
En la mayoría de los casos, no es propiamente una adicción. Yo nunca he considerado que hubiera sufrido una; más bien se trata de un consumo problemático. El problema es que mucha gente lo vive como un hábito normal, incluso saludable. Y aquí está la trampa: estar dentro de un laberinto sin ser consciente de ello.
En este sentido, es una droga perfecta: invisible, que no deja rastro ni —aparentemente— ningún conflicto en la conciencia del consumidor. Aun así, de manera progresiva, puede ir deteriorando la capacidad de regular las propias emociones, las relaciones y la capacidad de amar. Al final, aunque pase mucho tiempo, este deterioro se hace visible en las relaciones.
Es cómo cuando vas a la playa en un día nublado y disfrutas de una larga jornada con el pecho descubierto sin notar nada. A las ocho de la tarde te duchas, te miras en el espejo y te ves rojo como un tomate. Cuando uno es consciente y lo vive en silencio, todavía es peor, porque todas las inseguridades y los reproches internos se amplifican cuando no se comparten con nadie. Esto lo pude experimentar. Hay gente que lo puede hacer, pero a mí se me hacía muy extraño tener este hábito oculto.
La pornografía es uno de los tabúes mejor guardados.
¿Por qué se consume pornografía? ¿Qué tipo de público tiene?
Por un lado, hay razones fisiológicas: el ser humano tiene una pulsión sexual, y la pornografía la satisface. En la gente joven, el motor del consumo es una mezcla de curiosidad, placer y presión del grupo. Abundan los grupos de WhatsApp donde se comparten videos sexuales.
Ahora bien, en la edad adulta, a menudo no se consume para satisfacer un deseo sexual, sino para anestesiar emociones: soledad, frustración, desconexión, tristeza o estrés. En mi caso, esto lo vi clarísimo.
En este sentido, la pornografía no es una lucha sexual; es una lucha con uno mismo. Con la manera como te relacionas contigo y con los demás.
Creo que muchos hombres compartimos un secreto: de cara a la galería queremos parecer fuertes, pero escondemos sistemáticamente nuestras vulnerabilidades. Nos frustra no estar a la altura: no cerrar aquella venta que necesitábamos, no avanzar profesionalmente como creíamos que lo haríamos a nuestra edad, no ser el padre que imaginábamos o el marido atento que prometimos ser. Nos pesa no tener tiempo, energía o foco para aquellos proyectos personales que siempre aplazamos. En el fondo, sentimos que no llegamos. Y en esta miseria silenciosa, a menudo nos resulta más fácil refugiarnos en la pornografía que admitirlo en voz alta.
Invito a todos los lectores que consumen pornografía a hacerse una pregunta muy directa: ¿esto me acerca o me aleja de la persona que quiero llegar a ser?
¿El consumo de pornografía es un fenómeno eminentemente masculino?
Tradicionalmente, sí.
Entre los hombres el consumo está muy extendido. Hay un código implícito que nos hace pensar que todos lo hacemos. Pero esto no es cierto: hay hombres que no consumen pornografía, a pesar de que hoy en día son pocos.
Cada vez hay más mujeres que también consumen, pero en un grado más bajo. La atracción sexual femenina no está tan marcada por imágenes explícitas como por otros tipos de estímulos. En muchos casos, entran por curiosidad o para intentar entender —erróneamente— qué se espera de ellas en la relación de pareja.
En mi experiencia, el tabú en el hombre no es confesar que lo ha hecho, sino cómo se queda emocionalmente cuando lo hace. En la mujer es al revés: el tabú es decir que lo hace o que lo ha hecho, pero no tanto hablar de cómo se queda cuando lo hace.
¿Cómo es posible que tengamos tantas imágenes de cuerpos desnudos y de sexo al alcance de un solo clic? ¿A quién le interesa que exista el laberinto?
No es casualidad.
Para dar un poco de contexto, la pornografía tiene dos grandes periodos históricos: antes del trienio 2005-2007 y después. Haciendo una analogía, antes de este trienio es el Paleolítico y, después, es cómo si hubiéramos saltado directamente a la Edad Contemporánea. Imagínate que un cavernícola se encuentra de repente en un bufete libre de un hotel de cinco estrellas.
Antes del 2005, la pornografía paleolítica era escasa y puntual, y lo tenías que ir a buscar. El contenido era más sobrio, a pesar de que continuaba siendo explícito. Entre el 2005 y el 2007, con la llegada de internet de alta velocidad y de los smartphones, la manera de consumir pornografía es omnipresente: próxima, infinita, instantánea, ubicua y paralela (se pueden ver varias escenas a la vez). Los contenidos se multiplican y, a la vez, se degradan, en parte a causa de la aceptación del contenido generado por los usuarios: cualquiera, desde su casa, puede subir cualquier vídeo. Esto genera una capacidad de atracción brutalmente alta. Pasa de ser un problema exclusivamente moral a un tema de salud -más allá de la moralidad. Pasa de ser un fenómeno puntual y excepcional a una pandemia. Todo el mundo tiene el acceso a un clic con su teléfono.
Dicho esto, el laberinto es fácil de construir desde un punto de vista empresarial. El negocio es la atención. Cuanto más tiempo pasamos ante la pantalla, cuanto más clics hagamos, cuanto más estímulos consumamos, más dinero se generará. Y el sexo —o, mejor dicho, su caricatura— es uno de los reclamos más eficaces que existen.
El algoritmo no busca nuestro bien, ni nuestra libertad, ni nuestra felicidad. Busca retenernos. Sabe qué nos atrapa, qué nos excita, qué nos hace volver. Y entonces nos construye un laberinto hecho a medida: imágenes infinitas, contenidos cada vez más explícitos, más rápidos, más vacíos. No hay que salir; ya estamos cómodos. O anestesiados.
La industria es enorme, multimillonaria, y se alimenta de nuestra fragilidad: del cansancio, de la soledad, de la frustración, del vacío interior. No vende solo sexo; vende evasión. Y mientras nosotros perdemos tiempo, energía y dignidad, alguien factura. Y mucho.
¿Qué baremo determina quién hace un consumo problemático de la pornografía?
Según la psicología moderna, hay cinco indicadores principales:
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Pérdida de control: incapacidad persistente para reducir o dejar el consumo, con intentos repetidos fallidos a pesar de la motivación y la decisión consciente.
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Impacto en la vida cotidiana: el consumo interfiere de manera significativa en áreas importantes como el sueño, la energía, la concentración, el trabajo o los estudios, las relaciones y la vida sexual real.
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Continuación a pesar de las consecuencias negativas: se continúa consumiendo a pesar de reconocer claramente consecuencias perjudiciales a nivel emocional, relacional, espiritual o personal.
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Escalada (tolerancia): con el tiempo se necesita más frecuencia, más duración, más intensidad o más novedad del contenido para obtener el mismo efecto.
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Regulador emocional: el consumo se utiliza principalmente como una estrategia para gestionar o anestesiar emociones difíciles como el estrés, la ansiedad, la soledad, el aburrimiento, la frustración o el vacío interior.
¿En tu caso, cómo y cuándo te diste cuenta?
En mi caso actuaba claramente como un regulador emocional. Progresivamente, vi como sufría una fractura interna que rompía la coherencia entre el tipo de hombre que quería ser y el que estaba siendo, aunque en la última etapa el consumo era menor.
Algunos momentos clave de mi vida, como casarme, me daban un empujón interior y me decían: «Déjalo». Cuando nació mi primer hijo, recuerdo una tarde en la que me dije: «No quiero que tengas un padre que haga esto».
¿Qué efectos tiene mirar pornografía sobre la vida sexual del consumidor? ¿Y sobre la persona en general?
Depende mucho de la persona y de la cantidad de consumo. Cada vez hay más jóvenes que sufren disfunción eréctil inducida por la pornografía.
Creo que, en la mayoría de los casos, hay una ligera pérdida de deseo sexual hacia la pareja que a menudo es casi imperceptible, pero real.
Y creo que el peor efecto es la desconexión empática, un fenómeno muy estudiado últimamente por investigadores: despacio, hace que dejemos de ver a las personas como personas, con emociones, dignidad y capacidad de decidir, y las acabemos mirando como objetos para satisfacer deseos.
En el fondo, la pornografía está erosionando la compasión humana bajo la máscara de la libertad sexual.
En Más allá del laberinto expones algunas de las heridas que había detrás de tu consumo. ¿Podemos alejarnos de la pornografía solo con fuerza de voluntad? ¿O es imprescindible sanar la parte emocional que nos empuja al consumo?
La pornografía es un ciberataque al sistema de recompensa del cerebro. Una vez se instala, cuesta mucho de reprogramar. Rápidamente se convierte en un hábito, porque el cerebro construye autopistas neuronales que facilitan la repetición del comportamiento. En los últimos años se han publicado muchos estudios científicos que convergen en un fuerte consenso: la pornografía actúa de manera muy similar a una droga, especialmente a la cocaína. Y cuanto más joven se entra en ello, peor.
Yo tuve la “suerte” que entre los doce y los veinticinco años consumí muy poca porque todavía estávamos en el Paleolítico de la pornografía. La adolescencia es un periodo clave de formación del cerebro, muy sensible a los hábitos que se adquieren. Si se consume pornografía en esta etapa, el hábito queda mucho más arraigado y cuesta más de deshacer.
En este contexto, la fuerza de voluntad es un músculo difícil de mover y todavía más de sostener en el tiempo. Mucha gente quiere dejarlo del todo y no lo consigue.
Creo que es clave preguntarse por qué lo estoy haciendo, qué me lleva a la pornografía, qué aspectos de mi personalidad me conducen a ello. Pedir ayuda a terceros puede ayudar mucho: la pareja, amigos, un terapeuta y la oración.
¿Hablar con la pareja nos puede ayudar a salir del laberinto?
Es una cosa que yo no hice, pero creo sinceramente que me habría ayudado. Cuanto más se hable, mejor.
¿Qué consejo le darías a alguien que, quizás leyendo ahora Más allá del laberinto, se da cuenta que tiene un problema más grave del que se quería admitir?
En primer lugar, le daría la enhorabuena por haberse dado cuenta de ello. Alejandro Villena, psicólogo especializado en pornografía, ha dicho en repetidas ocasiones que cualquier consumo de pornografía, por escaso que sea, es problemático. No existe un consumo sano de pornografía a pesar de que algunos sexólogos lo recomienden, del mismo modo que no existe un consumo sano de cocaína.
Una vez la persona lo reconozca, hay que trabajar en uno mismo: autoconocimiento, terapeuta, medidas concretas para cortar el acceso, explicarlo cuanto antes mejor a alguien de confianza e intentar dejarlo cuanto antes mejor. Asociaciones como Dale una Vuelta están haciendo un trabajo fantástico, y pueden ayudar mucho.
Ya has hecho algunas conferencias sobre el tema. ¿Qué feedback has recibido? ¿Qué trabajo quieres que haga Más allá del laberinto?
El feedback es siempre excelente. Por ejemplo, en las escuelas, los jóvenes se alegran cuando alguien les habla de este tema. En otros ámbitos siempre genera mucha complicidad.
En cuanto al libro, creo que es un mensaje contracultural. Muchos adultos ven el laberinto como un espacio de libertad y bienestar y la fe como una reminiscencia del pasado que nos encarcela. Me gustaría que estas personas se hicieran preguntas que no se han hecho hasta ahora.
También quiero ofrecer esperanza a la gente que lucha para salir del laberinto y piensa que nunca lo conseguirá. Quiero que las mujeres que no comprenden a sus parejas las puedan comprender mejor. Quiero animar a los padres a educar a sus hijos en este tema, especialmente en cuanto a los hijos varones. Somos la primera generación de la historia que tiene que educar a sus hijos en los riesgos de la pornografía puesto-Paleolítica.
Y, sobre todo, quiero que todo el mundo conozca el personaje que aparece en el último capítulo, que es Quién me sacó del laberinto.





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