PJ Armengou (Barcelona, 1992) es periodista, con experiencia en zonas en conflicto. Ha sido corresponsal freelance en Jerusalén para más de diez medios de comunicación nacionales e internacionales, tanto en el ámbito de la prensa escrita como de la radio y la televisión. Ha trabajado sobre el terreno en países como Irak, Israel/Palestina, Ruanda o Suráfrica, y ha formado parte de las redacciones del Diari Ara, el Diari de Sabadelll y Europa Press. Actualmente, es jefe de redacción del Diari de Tarragona. Está casado y es padre de dos hijos.
Rostros de Perdón es su primer libro: una compilación de testigos, víctimas y verdugos, personas heridas y personas que han hecho daño, que han pedido perdón o que han perdonado. PJ Armengou trata todas estas voces con mirada periodística para poder entender las caras ocultas del perdón, un diamante precioso e inusual.
¿Cómo nace la idea de “Rostros de perdón”? ¿Las conversaciones que forman los capítulos ya las trataste sabiendo que formarían parte de un libro?
A menudo, los libros parten de una idea y más tarde se buscan las historias que las conforman. Pero, en este caso, al menos al principio, fue al revés. Durante un viaje a Ruanda en 2016 conocí a Alice y Emmanuel. Ella, tutsi, había resultado mutilada durante el genocidio del 1994 y perdió a sus hijos y buena parte de la familia; y él, hutu, fue el hombre que la atacó y participó en la muerte de los niños. Les hice la entrevista juntos: ella lo había perdonado. Su historia me fascinó. Me parecía que aquel perdón tan profundo, incomprensible y sanador era algo que merecía mucho más que un reportaje. Ruanda fue el germen de un camino que me ha llevado a buscar historias de perdón por todo el mundo. Las historias que aparecen en el libro, en ocasiones han surgido en medio de mi trabajo periodístico, y en otras han sido especialmente escogidas para este libro. Pero todas coinciden en tener el perdón otorgado o recibido en el centro.
Algunos de los testigos son más o menos conocidos mundialmente, pero otros no tanto. ¿Cómo te enteras de sus casos? ¿Y cómo entras en contacto?
Escribir este libro ha sido un proceso largo. De varios años. En ocasiones me he encontrado con las historias cubriendo la actualidad de conflictos como el de Israel y Palestina, donde fui corresponsal freelance… Otros eran testigos más conocidos, a los cuales he llegado por contactos en común, o incluso a “puerta fría”. Y en otras ocasiones, las historias han ido llegando a mi de manera natural y misteriosa: a través de una conversación con amigos sobre el proyecto, en la cual me hablaban de personas que daban el perfil para aparecer en el libro; de casualidad durante un viaje; haciendo investigación para otros reportajes…
¿Por qué es necesario un libro con testimonios reales de perdón?
Creo que los seres humanos necesitamos ejemplos vivos de los ideales que anhelamos vivir: la generosidad, la paz, la no-violencia, el amor… Y también el perdón. Necesitamos ver que es posible. Hay muchos libros de psicología, leyes, moral, antropología o política que pueden abordar el fenómeno del perdón con mucha profundidad… Pero creo que, a través del testimonio de personas reales que lo han vivido, podemos comprenderlo mejor, y llevarlo a nuestro día a día con más facilidad. Es a través de hombres y mujeres como los protagonistas de este libro que podemos enamorarnos de un gesto tan sencillo y extraordinario como perdonar, que permite curar, avanzar, vivir en paz y romper con el rencor y el deseo de venganza.
¿Cómo dirías que se relaciona el mundo del siglo XXI con el perdón?
Creo que el perdón es un fenómeno incómodo y difícil de entender tanto en el siglo XXI, como en el pasado. Quizás siempre lo será.Tendemos a pensar que el perdón es un gesto que va contra natura. Nos resulta más común y natural responder al mal con mal o, en el mejor de los casos, justificar el resentimiento y desear venganza. Creo que esta respuesta visceral y natural al mal sufrido es algo que vemos diariamente en nuestro mundo: las guerras, las peleas familiares, la tónica política por todas partes… El perdón, en medio de todo ello, es una cosa revolucionaria, rompedora y desafiante, que responde al dolor con bondad, y ante la cual el mundo se sorprende un poco, incluso se incordia, pero a la vez se siente atraído, maravillado e interesado. Porque lo necesita.
¿Qué condiciones se tienen que dar para que el perdón entre damnificado y damnificador pueda producirse?
Durante el proceso de escribir este libro he aprendido que no hay dos historias de perdón iguales, ni una fórmula matemática perfecta para que el perdón se produzca. Puede darse sin arrepentimiento por parte del perpetrador, por puro deseo de sanar de la víctima, por un cambio de actitud del agresor, por benevolencia de quien ha sufrido… Pero resulta más plausible cuando hay fortaleza, valentía y generosidad por parte de la víctima, y arrepentimiento, petición clara de perdón, reconocimiento del mal causado, humildad y propósito de reparación, por parte del verdugo. Si la línea entre damnificado y damnificador es fina, también es complicado. Una piedra importante en el camino del perdón es que los dos (o más) involucrados se sientan víctimas, y en ningún caso culpables. En estos casos hace falta que, como mínimo una de las partes, reconozca su porción de culpa, si es que hay.
¿Son posibles ciertas historias de perdón –sobre todo las que tienen que ver con conflictos bélicos– si no ha habido reparación y reconciliación política?
Es posible a nivel individual. El perdón otorgado es libre, y no tiene por qué necesitar arrepentimiento o reparación por parte del agresor. Pero en conflictos a escala global o colectiva, es difícil que el perdón tenga espacio si no hay reparación, reconciliación y cese de hostilidades. Al mismo tiempo, a escala personal, a pesar de que no sea estrictamente necesaria una compensación o una reconciliación llena, este será más genuino si todo esto se produce. Paralelamente, tanto en un caso personal como colectivo, la justicia tiene que tener su papel: el perdón no es contradictorio con una condena penal, con una ley que obligue a compensar las víctimas, o con un proceso de enmienda política o social.
Llegado cierto punto, y atendiéndonos a los testimonios de “Rostros de perdón”, el perdón se hace necesidad.
Sin ningún tipo de duda. Es la acción que rompe con más potencia con el odio, la venganza y la violencia, que yo nunca haya conocido. Es cierto que nuestra sociedad, o nosotros mismos, podemos pasar por la vida, sin pena ni gloria, sin perdonar. Pero seremos siempre esclavos del resentimiento. Optando por el perdón, en cambio, podemos curarnos, podemos reparar el mal causado, podemos romper con el deseo de venganza… Podemos dejar espacio para el amor y la reconciliación.
Pensaba en Diane Foley, la madre de Jim Foley, periodista asesinado por ISIS el 2014. ¿Es posible perdonar a quién ni siquiera hace el gesto de pedir perdón explícitamente?
Es posible. Resulta extraño, atípico, insólito… Requiere grandes dosis de empatía, amor, magnanimidad y reconocimiento de las propias carencias y males. Pero es posible. No creo que sea un tipo de perdón exigible a todo el mundo. Al final, perdonar es también un gesto de libertad, y no se puede forzar. Pero, de entre todos los ‘perdones’ posibles, el que no requiere arrepentimiento del otro, el que se hace por puro reconocimiento que el mal existe y todos podemos ser causantes, y el que se otorga con libertad y sin esperar nada a cambio, es el más poderoso y perfecto. Es el perdón al que tenemos que aspirar, aunque cueste.
¿Perdonar y olvidar es lo mismo?
En ningún caso. Perdonar es pasar por alto la ofensa, es estar dispuesto a no hacer una memoria vengativa del mal sufrido, es liberarse del rencor… Pero no es olvidar. Este es un error común cuando se habla del perdón: tendemos a pensar que requiere olvido. Pero no es así. Simplemente, el perdón más genuino pide un recuerdo del hecho y una relación con el agresor que sea pacífica y, idealmente, amorosa. Olvidar completamente resultaría injusto con la víctima (sobre todo si ya no está) y nos podría empujar a repetir los errores del pasado, especialmente en el caso del perpetrador. Perdonar es abrazar el mal sufrido y avanzar, no borrar de la memoria lo que ha ocurrido.
Habiéndolos tratado personalmente, ¿cuál dirías que es la característica común entre aquellos testimonios que han conseguido perdonar?
La voluntad. Cada uno de los entrevistados perdona o pregunta perdón en circunstancias diferentes y por motivos diversos, pero todos coinciden en la voluntad de apostar por ello. La libre disposición a perdonar o a arrepentirse es la principal característica que tienen en común de todos los entrevistados. Sin esta actitud no hay perdón posible. Y, probablemente, (y este sería la segunda característica en común), para desear perdonar o rectificar hace falta la conciencia de que el perdón es, como mínimo, útil. Que es bueno. Que merece la pena.
¿Hasta qué punto dirías que, como autor, te han inspirado e influenciado los testimonios de Rostros de perdón?
El camino de este libro ha sido tan intenso que diría que he creado un vínculo especial con cada uno de sus protagonistas. A nivel personal, pues, me siento ligado emocionalmente a él. Al mismo tiempo, sus experiencias y aprendizajes han pasado a formar parte de mi visión del mundo y de la vida. En algunos testigos pienso más a menudo, y en otros un poco menos, pero todos me han enseñado detalles del perdón que influyen en mi día a día: en el trato con mis seres queridos, en mi reacción ante aquellos que me hacen daño y también en cómo yo afronto mis propias limitaciones, errores y males. Me empujan a ser mejor y, en definitiva, a dar una oportunidad al perdón, en los pequeños y grandes dolores de la vida.
¿Qué resultado esperas de este libro?
Me conformaría con que, como me ha pasado a mí, las experiencias de los protagonistas de este libro ayudaran a los lectores a dar una oportunidad al perdón. Que sus aprendizajes les den herramientas y ejemplos para abordar esta tarea, que no es nada fácil. Y que encuentren modelos de perdón que dan testimonio que este gesto tan milagroso es posible. O que, como mínimo, vean que perdonar es algo bueno y provechoso para un mismo (seamos víctimas o agresores) y para la sociedad.





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