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David González Rubio (Mataró,1968) es periodista desde los dieciséis años. Formado a la prensa local, estudió Ciencias de la Información en la Universitat Autònoma de Barcelona y ha trabajado en los periódicos Avui, como redactor, jefe de la sección de política y subdirector; La Vanguardia, como redactor jefe, adjunto al director y jefe de política; y ElNacional.cat, del cual es director adjunto desde su fundación. Interesado, como Terencio, por todo aquello que es humano —Homo sum, humani nihil a me alienum puto— es graduado en Humanidades por la UOC con premio extraordinario de carrera. Su trabajo final es la base de Cancelar lo humano, el libro que ahora publica Albada Editorial.

¿De dónde sale la idea de “Cancelar lo humano”?

La idea sale del análisis del discurso de los posthumanismos, que son un conjunto de corrientes teóricas, y prácticas, que confían en la tecnología la redención de la especie humana. El destino final es la tecnología, tanto desde la vertiente cultural, ética y política, como biológica. Los posthumanismos filosóficos piensan que el hombre del humanismo grecorromano, del cristianismo o de la Ilustración, es un fracaso de la cultura, que ha creado un ser nefasto, que echa a perder todo lo que toca; los transhumanismos, que es una criatura biológicamente mal hecha pero técnicamente mejorable. Y la Singularidad propugna una existencia virtual, eterna, como alternativa a la muerte física. Todos estos movimientos confluyen de un modo u otro en la idea de una sustitución tecnológica del ser humano por una nueva especie o existencia más o menos maquínica, incluso postbiológica. La cancelación de lo humano es el peaje de la posthumanidad.

¿Cómo describirías brevemente la conversación que aborda el libro?

El libro es una invitación a pensar cuánta libertad estamos dispuestos a perder para poder ser cada vez más tecnológicos, más y más cíborgs.

Para que los potenciales lectores que todavía no se han leído el libro –pero que están interesados por la temática– se ubiquen, ¿qué concreciones en nuestra vida actual ya son fruto de las corrientes de pensamiento que trata “Cancelar lo humano”?

El posthumanismo filosófico equipara a los seres humanos con el resto de entes biológicos -animales, plantas, otros organismos “vivos”- y no-biológicos, es decir, con las máquinas. Pensad en el robot androide que, literalmente, acompañó a Melania Trump en una cumbre sobre el futuro de la educación con otras primeras damas celebrada en la Casa Blanca. ¿Qué hacía, allá, este, sin duda, bonito robot? Pensad en las personas que van a un restaurante y sientan a su perro en mesa, con toda normalidad. O en la gente que toma baños de bosque y se abraza a los árboles… y quizás hace años que no abraza a ningún ser humano. Pensad en los influenciadores virtuales, creados por una IA, a los cuales concedemos autoridad para aconsejarnos sobre qué tenemos que hacer con nuestras vidas. Y pensad, no hay que decirlo, en el uso cada vez más masivo que hacemos de la IA en mil y una actividades y ámbitos cotidianos. Llevamos el móvil casi de serie, incorporado a nuestra vida desde que nacemos. Somos cada vez más cíborgs.

Las corrientes del posthumanismo que proponen superar los límites de la humanidad en realidad niegan la humanidad, porque en esencia está hecha de límites. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación?

Para estas corrientes, la humanidad es un estadio de la evolución de lo que entendemos por ser humano que no solo es superable (transhumanismos) sino que se tiene que superar (posthumanismos filosóficos). Seremos robots o seremos cerebros descargados en una megaIA universal, cósmica. No lo sabemos. Pero si somos esto, la noción de límite habrá perdido todo el sentido porque es intrínseca a la naturaleza del ser humano. La técnica moderna es el final de la metafísica, decía Heidegger, porque cancela el hecho de pensar, lo hace innecesario.

Leyendo el libro, uno tiene la sensación que todas estas corrientes de pensamiento en realidad juegan a ser Dios, por decirlo incorrectamente. ¿De dónde bebe esta necesidad? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Yo digo que, efectivamente, asistimos a una deificación de la tecnología, la tecnología es el nuevo Dios. Y cuanto más tecnológicos, menos humanos, ciertamente; pero no sé si más divinos. He buscado respuestas a lo que planteas en la teoría de la obsolescencia del hombre de Günther Anders. Quizás no puedo ser Dios, pero sí que puedo ser máquina; el hombre tiene fecha de caducidad, es una faulty construction, un ser frágil y finito, en cambio, los aparatos, la tecnología que él mismo produce, no, son “perfectos”, eternos. Es la vergüenza prometeica: olvidamos que somos nosotros quienes hemos creado los cohetes para ir a la luna! Y nos sentimos inferiores a ellos. Y la conclusión: las cosas son libres, el hombre no lo es, porque él mismo está limitado en todas partes y en todo. Es cómo si tuviéramos los ojos en la nuca, no en la cara.

¿Qué consecuencias culturales, políticas e incluso legales puede tener entender el humano como una máquina que hay que arreglar constantemente?

La tecnología no es neutral. Hay intereses, detrás, y son intereses muy humanos. Estamos cerca de crear una forma de racismo o desigualdad en grado superlativo absolutamente desconocida, de consecuencias imprevisibles, que es el racismo tecnológico. No nos engañemos. ¿Quién será superhumano o posthumano? ¿Cuántos supermans o superwomans, humanos mejorados genéticamente, estamos dispuestos a aceptar entre nosotros? Si creamos superhumanos modificando los genes antes del nacimiento rompemos la unidad esencial de la “raza” humana. Es esto lo que en esencia nos hace iguales y a la vez permite que todo individuo humano sea absolutamente único! Dos razas: humanos mejorados y el resto. Es el argumento de la película Gattaca, un clásico de la ciencia ficción que recomiendo. Alguien dijo que todo empieza con la ciencia ficción.

¿Qué conflictos morales cargan estas consecuencias?

Una cosa es usar la tecnología como una herramienta para curar la ceguera, por ejemplo. La otra es dotar a los seres humanos -algunos elegidos!, algunos poderosos!- de un tipo de supervisión de superhéroe o superheroína de cómic. Yo no quiero que tú veas a través de mi ropa o mi piel cuando voy por la calle. En mi intimidad, que libremente gestiono. Una cosa es la cura terapéutica, la otra es la aspiración mejorativa del transhumanism, que persigue coger las riendas de la evolución de la especie humana para que nunca más seamos humanos, o sea, seres limitados físicamente o biológicamente. O el posthumanismo filosófico, que pretende convertirnos en seres de luz medio biológicos medio cibernéticos, cuando, en realidad, lo que estamos haciendo es multiplicar la inhumanidad con la tecnología, y que por eso mismo no nos puede salvar. Porque es connatural a la pulsión dominadora que se pretende erradicar.

En el libro se habla de propuestas más complejas, como la eugenesia prenatal y la edición genética, pero tener siempre una pantalla al alcance de la mano, la hiperconnexión constando a través de las redes sociales, ¿no nos pone ya en esta tesitura de cancelación del humano? ¿No es cierto, que el algoritmo ya decide más qué hacemos con nuestro tiempo que nosotros mismos?

Simple y llanamente. Si yo dedico cada día 2 horas y media al móvil estoy dedicando más del 10% del tiempo de vida diario. Multiplicad y pensad qué cosas estáis dejando de hacer para atender qué hacen ahora en TikTok o en Instagram.

Así pues, ¿más tecnología es más libertad?

El emperador Marco Aurelio decía que un hombre es un trozo de carne, un hálito de vida y una conciencia crítica, un alma. Si yo me equiparo a una piedra dejo de estar vivo. Y dejo de ser libre. Las piedras no deciden. Si yo le pregunto a la IA de X cuál es el mejor camino para ir de donde vivo a la sede de Albada Editorial, y si los calamares me suben o me bajan el nivel de ácido úrico… le acabaré preguntando a quién tengo que votar. Si decidimos delegar en la máquina nuestras decisiones renunciamos a ser una conciencia crítica, renunciamos a ser humanos, a acertar y equivocarnos, y, en cuanto dejamos de ser humanos dejamos de ser libres. Acabamos siendo un trozo de carne, y quizás tampoco esto, porque podríamos ser mera carne virtual, absolutamente desmaterialitzada, un fajo de datos, perfectamente consumible y rechazable. Somos homo sacer en las pantallas, nadie nos puede juzgar, pero cualquiera nos puede matar, borrar. Clic. Y muertos.

¿Se puede compatibilizar la perfección tecnológica con la imperfección humana?

Sí, siendo conscientes que ni la tecnología es perfecta ni el ser humano se equivoca siempre. No es un juego de palabras. Es una llamada a restablecer el equilibrio entre la biología y la cultura, las dos dimensiones que nos dan forma, que nos dicen qué somos.

¿Qué tipo de discursos podemos construir para librar oposición a las líneas de pensamiento que quieren cancelar lo humano?

Tenemos que volver a poner el hombre en el centro de la escena, no echarlo. No quiero las calles desérticas de la pandemia haciendo hierba mientras los cuerpos enfermos de covid continuaban produciendo datos conectados a las pantallas, confinados en casa. Tenemos que profundizar en todo aquello que realmente significa la libertad y la esperanza. Hay que restablecer la confianza en nosotros mismos, aunque sea desde un punto de partida negativo. A la IA le importamos una mierda. Tanto como a Donald Trump o a Elon Musk. No dejes que la máquina o la IA piense por ti porque es humana, demasiado humana.

¿Qué resultado esperas de “Cancelar lo humano”?

Que nos ayude un poco a no (auto)cancelarnos.

 

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